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ESCRIBANOS

Celebrando 10 años del Colegio europeo de Ibagué.

El Cazador

 

 

EL CAZADOR

Otra leyenda supersticiosa que causa terror y espanto es la del cazador.

 

Esta leyenda está más acentuada en la región montañosa, aun­ que el hecho tuvo lugar a la orilla del río Grande, pero trascendió a la cordillera, hasta que la montaña lo albergó en su seno.

 

LEYENDA

Vivía en tiempos de la Colonia un hombre cuya entretención y oficio cotidiano era la' "cacería". Para él no había fiestas profanas ni religiosas: no había reunión de amigos ni paseos; nada le entreten ía tanto como salir a "cazar" venados al toque de la oración, en los bosquecillos aledaños; borugos a la orilla del río por entre los gua­duales, los guacos, chorolas, guacharacas y chilacoas por los mon­tes cercanos a los pantanos, ciénagas y lagunas. El producto de la cacería constituía el sustento de la familia y su único negocio.

En aque1 caserío tenían una capilla donde celebraban las cere­monias más solemnes del calendario religioso. Tenia unas ventanas bajas y anchas que dejaban ver el panorama y para que el aire fue­ra el purificador del ambiente en las grandes festividades.

 

Llegó la celebración de la Semana Santa. Los fieles apretujados llenaban la capilla oyendo con atención el sermón de "'as siete palabras", Los feligreses estaban conmovidos. Reinaba el silencio.. apenas se percibían los sollozos de los pescadores arrepentidos y los golpes de pecho.

Allí estaba el cazador, en actitud reverente, uniendo sus plega­rias a las del Ministro de Dios, que en elocución persuasiva y laudatoria hacía inclinar las cabezas respetuosamente.

elcasador

De pronto, como tentación satánica, entró un airecillo que le hizo levantar la cabeza y mirar hacia la ventana. Por ella vio, pastando en el prado, un venado manso y hermoso. ¡Qué maravilla! ¡Esto era como un regalo del cielo! Estaba a su alcance... a pocos pasos de distancia. Rápido salió por entre la multitud en dirección a su cabaña.

Fue tanta la emoción del hallazgo que no se acordó del momento grandioso que significa para los cristianos el día del Viernes Santo. Tampoco se fijó en el momento sagrado de la pasión de Cristo.

Salió con su escopeta y su perro en busca de la presa. Ya el animal habla avanzado unas cuadras hacia el manantial. El cervatillo al verse aco­sado paró las orejas y se quedó inmóvil, como esperando la acti­tud del hombre. Este, al verlo plantado le disparó, pero en el mismo instante el animal huyó.

Perro y amo siguieron las pistas, lo alcanzaron y, al dispararle de nuevo, se realizaba el mismo truco. El afiebrado cazador no medía ni el tiempo ni la distancia. Seguía... seguía... cruzaba llanos, mon­tes, cañadas, colinas, despeñaderos, riscos y sierras. Llegó por fin a la montaña cuando las tinieblas de la noche dominaban la tierra

¡La montaña abrió sus fauces horripilantes...! El cazador pene­tró.., y nunca más volvió a salir de ella. Dicen que la montaña lo devoró.

Esta leyenda que conmueve tanto en el llano como en la cordi­llera, es una superstición que no se sabe si atribuirla al espíritu atormentado del cazador que profanó un día tan grande; o es una tentación diabólica para áquellos que no respetan los días de pre­cepto.

Algunas personas conceptúan que es un espanto que sirve de freno para quienes practican la cacería más por vicio que por ne­cesidad y utilidad.

Entre el boscaje. en los matorrales, en las hondonadas, quienes andan en días festivos sin cumplir primero con los deberes religiosos, oyen el grito del cazador hucheando su perro, a eso de las tres de la tarde, luego el ladrido quejumbroso del lebrel. Al instante se estremecen las avecillas y buscan sus nidos; tiembla el boscaje; un viento maléfico penetra sacudiendo los árboles con violencia. Hasta las alimañas y los bichos se estremecen. se

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asustan y se esconden. Un pavor demoníaco se apodera de aquel lugar.

 

 

Los arrieros y viajeros que acostumbran transitar por riscos y laderas, cuentan que cuando perciben este misterioso grito y el aullido del perro, pierden las mulas y sus cargas, porque las bestias huyen arrojándose por los despeñaderos y los perros compañeros buscan amilanados la protección de sus amos.

Quienes conocen esta superstición. llevan consigo escapularios y medallas bendecidas, la oración de la Virgen del Carmen que es tan milagrosa y se encomiendan de antemano al Ángel de la Guar­da. Deben llevar de compañía sus perros preferidos. Algunos cazadores rayan en cruz las municiones para alejar “el enemigo malo”

 

 

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