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ESCRIBANOS

Celebrando 10 años del Colegio europeo de Ibagué.

La Madremonte

 

 

 

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La montaña, las sierras, las faldas de la cordillera tienen sus dioses y sus leyendas.

 

Los bosques y los montículos del "Llano Grande", en el Valle del Magdalena, también tienen su divinidad: es la madremonte.

Los campesinos y leñadores que lo han visto, dicen que es una señora corpulenta, elegante, vestida de hojas frescas y musgo ver-de, con un sombrero alón, cubierto de hojas y plumas verdes. No se le puede apreciar el rostro porque la ramazón del sombrero la opa-can. Hay mucha gente que conoce sus gritos o bramidos en noches oscuras y de tempestad peligrosa.
En el llano limpio y habitado, con caminos frecuentados, nunca la han visto. Vive en sitios enmarañados, con árboles frondosos, ale-jada del ruido de la civilización, y en los bosque; cálidos, con ani-males dañinos.

Los campesinos cuentan que cuando la Madremonte se baña en las cabeceras de los ríos, éstos se enturbian, crecen, se desbordan, causan inundaciones, borrascas fuertes, que ocasionan daños es-pantosos.
Castiga a los que invaden sus terrenos y pelean por linderos; a los perjuros, a los perversos, a los esposos infieles y a los vagabun-dos. Maldice con plagas y pústulas los ganados de los propietarios que usurpan terrenos ajenos o cortan los alambrados de los colin-dantes. A los que andan en malos pasos, de pronto les hace ver una montaña inasequible e impenetrable, o una maraña de juncos o de arbustos difíciles de dar paso, borrándoles el camino y sintiendo un mareo del que no se despiertan sino después de unas horas, conven-ciéndose de no haber sido más que una alucinación, una vez que el camino que han trasegado ha sido el mismo.
Quienes la conocen, han oído sus rugidos o están convencidos de sus conjuros, siempre que van a emprender la ruta por lugares mie-dosos o cuajados de fronda, llevan escapularios o medallas ben-ditas, bastón de guayacán o varas de cordoncillo; deben ir turnan-do tabaco y llevar en el bolsillo unas pepas de cabalonga.

 

 

 

LA MADREMONTE DE LA REGION DE ACO

 

El anciano don Sebastián Peñuela me contaba las andanzas y castigos de la condenilla por las estribaciones de la cordillera Orien-tal, hacia la región de Aco, del municipio de Prado.
- ¿Don Sebastián, verdad que usted ha visto la Madremonte7
- No la he visto, pero la he oído bramar muy feo.
- ¿Se párece al bramido de una vaca?
- Ojalá fuera así: ¡Es un rugido tan feroz que se le hielan a uno los huesos! A fines del siglo pasado, siendo yo un mocetón, cuando an-daba persiguiendo con trampitas a una chica norteña, me la hizo la Madremonte una noche borrascosa; pero... eso si, fue para enmen-darme totalmente, mejor que con los consejos del Cura Párroco.., y, no más viajes a la "cuchilla".
- Entonces no es mala, porque si mejora a quienes andan en malos pasos, por caminos tortuosos, pues, mejor que se les aparezca a los viciosos y perversos.
- Me contaba mi abuelo, que cuando ellos vivían en Cunday, recién casado con mi abuelita que era tan buena y sumisa, le hacia unas jugarretas de infidelidad fugandose adonde una rolita que vivía en la hacienda.
- ¿Pero, era que su abuelo era muy enamorado?
- Mujeriego, digamos mejor. Para coger camino se tomaba antes una botella de "chirrincho", en la fonda vecina. Para ir a la cita clandestina tenía que cruzar una quebrada y, a esa hora, estaba la castigadora sentada en la piedra grande esperándolo. Apenas iba llegando al descenso del riachuelo, todo fue uno: echarle la maldi-ción y ver él una laguna tempestuosa que no se sabía que dirección llevaba la corriente, y él indeciso, no sabía por dónde echar "el macho" por miedo a ahogarse. Además, veía como un muro de ma-leza a los lados del camino, con tanta oscuridad que tuvo que de-volverse, desmontarse, y tender la ruana para sentarse, porque las piernas eran como de azogue, a pesar de que estaba mocetón.
- ¡Pero eso no era la Madremonte...! ¡Eran efectos del licor! Con tanta dosis se emborrachó y no solo le embotó el cerebro sin que le trastornó la digestión.

 

- No señorita. ¿no ve que mi abuelo la "atisbo" sentada en la piedra grande..?
- Seguramente iba pensando en ella y con el efecto de los tragos se puso a ver fantasías.
- No porque mí abuelo me aseguró que al rayar el día recobró el sentido y tuvo que regresar a casa al comprobar que no había tal muro ni quebrada crecida. Estas aventuras las experimentó varia veces, hasta que mi abuela lo supo porque los mercaderes que madrugaban para el pueblo lo encontraron inconsciente en algunas ocasiones y no porfió más. ¿Y, usted señorita, no se ha fijado en la cara del "sarco" Temístocles?
- El pulpero?
- El mismo que toca y baila. El bribón tenia en venta El Mangón del Chirimoyo y cuando le avisaron que iban los compradores y peritos a ver si en verdad valia lo que él pedía, se fue a media noche con "el cotudo Atanasio a correr los mojones y 1o cercos para que apreciaran que era extenso. A 'la madrugada grande" que regresaban a sus casas, oyeron los rugidos de la fiera y al instante les cogió a los dos una tembladera y desasosiego que les impedia correr, pero ella, más lista, los detuvo y les dijo que no fueran de mala fe, que se volvieran a componer las cercas, de lo contrario no los dejaba pasar. Ninguno de los dos podía caminar y si intentaban devol- verse encontraban bejucos, "aruñagato" y "uña de león" que les arañaron fieramente la cara, más al sarco que al bobo. Y las tales cicatrices no se le han borrado por más manteca de cusumbo que se ha untado.

 

        

 

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- Créame, don Sebastián, yo simpatizo con la Madremonte. Me satisface saber que mejora y trasforma a los perversos. ¿No cree usted que en toda región debía de existir este endriago, porque así los hombres malvados se tornarían buenos y seria mayor el número de las personas felices?
- Por unas cosas es bueno, pero... por otras... ¡Dios nos libre...! usted si la llega a oir bramar, o la conociera de verdad, quedaría engarrotada del miedo.
- Puede que fuera así... en todo caso, me complace conocer Sus proezas.
- Si es asi, le contaré "un cacho" que le pasó al compadre Timo.
- ¡ Cuénte, que me interesa!.
- Figúrese que al compadre Timoteo le gustaba burlarse de las novias que conseguía. A todas las engañaba con palabra de matrimonio, les pintaba pajaritos de oro, las halagaba con una casa que estaba construyendo y les fijaba fecha para la ceremonia, con tal de que se fueran ántes a vivir con él. Así engañó a cuatro, y cada una le dió un hijo. A la quinta que era una joven honesta y apreciada le ofreció un hermoso caballo que había comprado en la feria de Girardot y que vendría a la madrugada a traérselo para llevarla a pasear, conocer la casa y estrenar el corcel. La señal sería una pedradita en el limatón de la casa, pero la muchacha no se acostó para no dormirse. Ella que estaba oyendo los repetidos cantos de los gallos anunciando el día, cuando de pronto percibió los bramidos de la fiera. Siguió inquieta pensando en el incumplimiento de su prometido y a la vez temerosa de que algo malo le hubiese sucedido, ya que los bramidos eran exactamente los de la Madremonte. Al día siguiente oyó los comentarios de los peones sobre los dos caballos destrozados y el accidente del compadre. Cuando llegaron las autoridades al lugar del suceso, acudieron los curiosos y allí estaban las cuatro mujeres engañadas, con sus hijos, para el reconocimiento del protagonista del suceso. El pobre de mi compadre estaba como idiotizado, con los ojos torcidos y los vestidos rasgados. Apenas dispuso el Corregidor que se hicieran cargo de él para mandarlo a Bogotá a un tratamiento, se formó el embrollo porque ninguna de las cuatro se quiso hacer cargo del loco.
- ¡Me ha dejado usted asombrada, don Sebas! ¡Es hasta adivina la tal Madremonte!.
- ¿No le decía yo, señorita? Por eso es que los campesinos le decimos "la guardiana de la virginidad"
- Gracias por sus informaciones, don Sebastián.
- Siempre a sus órdenes, señorita. Cuando quiera datos sobre la Candileja tendré el placer de dárselos.
- Gracias.

 

 

 

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LA MADREMONTE NARRADO POR DOÑA PASTORA DE FUENTES, DON LUIS FUENTES (SU ESPOSO) Y PEDRO (SU HIJO)

 

 

 

EL HIJO: Lo único que me consta a mí fue una niña que se perdió...ai; pero esa no fue El Muan: eso fue La Madremonte. La niña se perdió, porque como estaban era en una roza, entonces... ¡Y búsquela y búsquela! Todos los trabajadores buscándola y nada: ¡se perdió y se perdió! Pasó toda la noche y al otro día, madrugados... la encontraron allá en una laguna que había, subida en una tulpa. Estaba encaramada en una tulpa, y a todo el mundo se le hizo raro, porque la niña era pequeñi...

DOÑA PASTORA: ¡Ay! ¡Chiquitica! ¿Y para subirse?

 

E. H.: Y era en... en la mitá de la laguna; no era en un comején, sino en un morrito que había ai; allá estaba. ¡Claro! Y el papá le preguntó: "Mija, ¿a usté qué le pasó?" Y ella contestó: "No, que una niña me llamaba, con unas florecitas... y me llamaba y me hacía así... que camine y camine. Y yo era detrás della, y ella para'trás, para'trás..." Y la niña era detrás della, y ella para'trás, hasta que la sacó fue hasta allá. Y dijo la niña: "y ai manecí". Pero lo más es que... en un morro, y esta tu'era la laguna.

D. P.: ¿Y la niña decía que había pasado sola... persiguiendo a la otra?
E. H.: Sola... y no le pasó nada... No se ahogó ni nada. ¡Yeso era hondo pa' la niña! Y antonces pasó toda la noche llorando. La encontra ron, llorando, al otro día, como a las ocho'e la mañana. Pero tan pronto amaneció, ai la salieron a buscar.

D. P.: De La Madremonte sí conozco yo...; pero a mí no se me presentó en una niña. Esa vive es vestida de verde de palmicha, con unas hojas de palmicha como esas de... ¡toda de verde! y la cabellera es larga y ¡mona! Ella es La Madremonte.
E. H. ¿Yeso cuándo fue? ¿Ónde la vio usté?

D. P. Yo la vide en una ocasión, cuando... ¡Una vez que me fui con los hijos de Erasmo puallá pa' Granadillo! Los muchachos se fueron puallá a platanear y me dejaron sola. Y... yo no sé... ¡a mí me perseguían esos espíritus! Cuando sentí un rebozo así, una bola'e monte grande estaba'ciendo serena... Y pensé: "Seguro que es la agente de Chenche Tres". Entonces yo me quedé quietica... ¡Como estaba guámbita! Estaba por ai de unos once años... Me quedé yo sentada a pensar, cuando vi que caminaba y hacía asÍ... Esto se le movía, este faldón de atrás... ¡pero toda palmicha! ... redondo, sin naguas, así formando capas con palmicha, y las hombreras atrás, también con palmicha. Y ella es mona, blanca, buena moza. Yo le vi la cara. Claro que yo ne me asusté porque ije: "¿Será una muchacha que anda por ai así?

 

E. H.: Y era muy bonita ¿o qué? ¡Je,je!

D. P.: Es buena moza, La Madremonte es buena moza. La cabellera es mona, que parec'ioro.

DON LUIS: La Madremonte esa contaba era mi mamá. Era una vieja, una mujer que llevaba y en el monte... llegaba uno y se dentraba y se perdía. Que La Madremonte lo atortolaba a uno. Y antonces, pues ella decía que'ra un espíritu... "Pero mamá, ¡usté cree en tantas cosas! ¡Yo tantas veces que dentro al monte y cómo a mí no me pasa eso! ¡Déjese de creer en tantas cosas!"

 

 

 

 

D. P.: Sí, pero es que ella sí la vio, como la vide yo... ¡Ella la vio vestida de palmicha verde, con la cabellera que le caía por acá!

D. L.: ¡Sugestiones della!
D. P.: ¡Ella la vio!

D. L.: ¡Quén sabe! Yo no...

D. P. Ella me dijo a mí.

D. L.: Yo no descresto.

D. P.: Y esa señora era buena moza, alta, blanca, con vestido'e palmicha; toda pura palmicha, capa sobre capa, como ver...

D. L.: Alguna vieja vaga que se vestía puallá pa'sustar a los demás...

D. P.: Y la cabellera le caía por acá, suelta toda... ¡Pero muy buena moza esa vieja!

D. L.: Dizque con dos caras: una'delante y otra'trás... Lo único que yo sí conocí fue La Madremonte cuando hacían el Corpus aquí, pues eso sí salían tu'esas cosas: La Madremonte, así vestida como dice usté, con dos caras... ¿jm? La común y corriente; pero con un chiro blanco y atrás lo mismo, ¿no ve? La veía uno que iba para'trás y mentiras. El tipo iba caminando común y corriente, vestido de mujer, de - Madremonte. Eso era pa' los Corpus aquí, pero como la religión se acabó, pues eso ya no existe hoy.

 

    

 

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E. H.: Mas, sin embargo, una vez, el asunto de La Madremonte fue... Ella también tiene su misterio pa' podérsela quitar uno de encima. ¿Y sabe cómo es? Como eso lo pone a uno a caminar, y dé vueltas y dé vueltas, y uno ve que no encuentra la salida...

A mí me pasó una vez puallá en ese monte feo. Llegué y me fui, una vez que usté me mandó a conseguir una leña, y llegué puallá (claro que ya me habían dicho -mucha gente- que por ai envolataba La Madremonte)... Entoes ese día que yo pasé (en esas había que pasar por el frente'l'hacienda, por el patio' e la finca)... Entoes yo llegué (por ai tenía unos amigos yo en una hacienda, todos muchachos) a ver si de pronto estaban ellos afuera en los corrales, pero no estaban, y me tocó irme solito. Llegué, dejé el caballo ai amarrao y me dentré puallá. Eso fue como un medio de... (por ai unas dos cuadras llevaba) de donde había dejao el caballo amarao cuando me'ncontré un palo seco y me puse a cortalo. Entoes llegué y alcé el primer viaje y... ¡camine y camine yo con eso! Me meto yo el leño en el hombro y... ¡no encontraba la salida!

¡Bueno! A lo último llegué y me'ncontré fue'n un bejuquero allá. No encontraba la salida por ninguna parte; no veía yo la salida. Entoes me acordé de que... mi abuelo decía que para eso no era sino... cortar dos chipas de... de un bejuco, de cualquier bejuco'el monte. Entoes yo llegué y corté de unos bejucos que me'ncontré y me hice dos chipas, me las puse así en cruz, volví y me'ché'l tercio'e leña otra vez, y caminé y ai estaba. ¡Nuestaba ni a cinco pasos de la cerca!

D. P.: ¡Estaba cerquitica!

E. H.: Estaba ai cerca, y el caballo estaba más aquí. ¡Y ya desde las tres de la tarde y ya eran las cinco y media, y yo dando vueltas! Y no volví adentrar puallá. Y ai mismo me llevé ese poquito'e e leña que había cortado y me vine pa'cá, más afuera del monte por aL Claro que'so eran seis metros. Pero eso de lo espeso el monte... la mitad del monte... ¿No ve que en esos montes había de tu' esos pájaros? Yeso eran unos cauchos grandísimos, ¡gruesos! Y ai era el dormitorio dellos.

D. P.: ¡De todos!
E. H.: De todos ellos...

D. P.: Pero... de usté no se dejó ver...

E. H.: No, me puso fue a caminar. Y dé vueltas y dé vueltas y no encontraba la salida.

D. L.: ¿Y usté que cree en esas vainas no ha oído que la tal Madremonte no la ven sino los güipas? Yeso fue cuando él ya estaba muchacho.

E. H.: No encontraba la cerca, no encontraba nada y ya había pasado quién sabe cuántas veces por al pie del árbol del caballo que'staba'marrado... al bordo'e la cerca. Y cuando me crucé el par de bejucos esos, el par de chipas de bejuco'el monte (me las puse'n cruz) entonces salí, miorienté; y si no, ai me anochece dando vueltas. Pero claro que uno de adulto no ve nada; sino que lo pone... no encuentra la salida. Si lo ve un niño, un niño por ai así... eso sí; ellos sí lo ven. Como ellos son inocentes, ellos sí ven, ven lo que usté vio, mamá: ven es una niña... que los llama, los llama a jugar y los va llevando, las va llevando hasta puallá'trás.

D. P.: Yo lo que vi fue una mujer completa, buena moza. La niña es La Madredeagua; porque como hay Madremonte, hay Madredeagua, y en otras épocas, hubo hasta Madredeganado.

D. L.: i Pero ya me voy a creer yo que La Madremonte, que no sé, que sí sé más, que lo envolató! ¡Eso'era'lguna vieja que tenía vusté que le envolataba el camino! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

E. H.: ¡Ja,ja,ja,ja,ja!

D. P.: ¡No diga jullerías!

 

 

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