Celebrando 10 años del Colegio europeo de Ibagué.

La Patasola

 

 

 

 

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Entre los mitos del Tolima Grande tal vez el más temible, el más feroz y el más sanguinario es la Patasola.

 

Habita entre la maraña espesa de la selva virgen, en las cumbres de la cordillera, en los bosques solitarios o en los montes más espesos de la llanura. Con la única pata qué tiene avanza con rapidez asombrosa. Es el endriago más temido por colonos, mineros, cazadores, caminantes, agricultores y leñadores.


Algunos aventureros dicen que es una mujer bellísima que los llama y los atrae para enamorarlos, pero avanza hacia la oscuridad del bosque a donde los va conduciendo con sus miradas lascivas, hasta transformarse en una mujer horrible con ojos de fuego, boca desproporcionada de donde asoman unos dientes de felino, y una cabellera corta, despeinada que cae sobre el rostro para ocultar su fealdad.
En otras ocasiones, oyen los lamentos de una mujer extraviada; la gritan para auxiliarla, pero los quejidos van tornándose más lastimeros a medida que avanza hacia la victima y, cuando ya está muy cerca, se convierte en una fiera que se lanza sobre la persona, le chupa la sangre, y termina triturándola con sus agudos colmillos.

 

Cuentan los cazadores, que lo que más temen ellos, es el poder que tiene de metamorfosearse y por lo tanto los danos que les causa y el engaño que les hace con la pezuña, porque a veces deja el rastro de vaca y otras de oso.
La defensa de cualquier persona que la vea, consiste en rodearse de animales domésticos, ya sea ganado vacuno, lanar, caballar, mular y cabrío; aunque advierten que le superan los perros, calificándolos a todos como animales "benditos".
Persigue a los caminantes y cazadores que penetren a sus predios a los mineros que tengan muchas herramientas, porque odia el hacha, la peinilla o el machete. Castiga a los agricultores mandándoles vendavales para destrozar sus plantíos, y más si son de maíz.
Se cree dueña y señora de la selva rodeada de fieras y bichos maléficos.



Cuando está contenta con las maldades que ocasiona, se sienta a cantar sobre la copa de un árbol, o sobre un montículo, lo siguiente:


Yo soy más que la sirena;
en el monte vivo sola;
y nadie se me resiste
porque soy la Patasola.
En el camino, en la casa
en el monte y en el río,
en el aire y en las nubes,
todo lo que existe es mío.

 


LEYENDA DE LA PATASOLA

 

Cuentan que en cierta región del Tolima Grande, un arrendatario tenía como esposa una mujer muy linda y en ella tuvo tres hijos.
El dueño de la hacienda deseaba conseguirse una consorte y llamó a uno de los vaqueros de más confianza para decirle: vete a la quebrada y repara entre las lavanderas, la mejor; luego me dices quién es, y cómo es.
El hombre se fue, las observó a todas detenidamente, -que en su mayoría eran viejas y feas-, al instante distinguió a la esposa de un vaquero compañero y amigo, que fuera de ser la mas joven, era la más hermosa.
El vaquero regresó a darle al patrón la filiación y demás datos sobre la mejor.


Cuando llegó el tiempo de las "vaquerías" o "herranzas", el esposo de la bella relató al vaquero emisario sus tristezas, confió sus cuitas quejándose de su esposa que la notaba fría, menos cariñosa y ya no le arreglaba la ropa con la misma asiduidad de antes; vivía de mal genio, era déspota desde hacía algunos días hasta la fecha; que le provocaba irse lejos..., pero le daba pesar con sus hijitos.
El vaquero sabedor del secreto, compadecido de la situación de su amigo, le contó lo del patrón, advirtiendo no tener él ninguna culpabilidad.
El entristecido y traicionado esposo le dio las gracias a su compañero por su franqueza y se fue a cavilar a solas sobre el asunto y se decía: si yo pudiera convencerme de que mi mujer me engaña con el patrón, que me perdone Dios, porque no respondo de lo que suceda. Luego planeó una prueba y se dirigió a su vivienda. Allí le contó a su esposa que se iba para el pueblo porque su patrón lo mandaba por la correspondencia; que no regresaba esa noche porque como ya las sombras del crepúsculo caían, al regresar tarde le daba miedo pasar por "El zanjón de los muertos". Se despidió de beso y acarició a sus hijos. A galope tendido salió por diversos vericuetos para matar al tiempo. Llegó a la cantina y apuró unos tragos de aguardiente. A eso de las nueve de la noche se fue a pie por entre el monte y los deshechos a espiar a su mujer.
Serian ya como las diez de la noche, cuando la mujer, viendo que el marido no llegaba, se fue para la hacienda en busca de su patrón.
El marido, cuando vio que la mujer se dirigía por el camino que va al hato, salió del escondite, llegó a la casa, encontró a los niños dormidos y se acostó. Como a la madrugada llegó la infiel muy tranquila y serena. El esposo le dijo: ¿"De dónde vienes?". Ella con desenfado le contestó: "De lavar unas ropitas...". _¿De noche? -Cortó el marido.


A los pocos días, el burlado esposo inventó un nuevo viaje. Montó en su caballo dio varias vueltas por un potrero y luego lo guardó en una pesebrera vecina. Ya de noche, se vino a pie para esconderse en la platanera que quedaba frente a su rancho. Esa noche la mujer no salió, pero llegó el patrón a visitarla. Cuando el rico hacendado llegó a la puerta, la mujer salió a recibirlo y se arrojó en sus brazos besándolo y acariciándolo.


El enfurecido esposo que estaba viendo todo, brincó con la peinilla en alto y sin dar tiempo al enamorado de librarse del lance, le cortó la cabeza de un solo machetazo.
La mujer, entre sorprendida y horrorizada quiso salir huyendo, pero el energúmeno marido le asestó tremendo peinillazo al cuadril que le bajó la pierna como si fuera la rama de un árbol. Ambos murieron casi a la misma-hora.
Al vaquero le sentenciaron cárcel, pero cuando salió de ella que fue al poco tiempo, volvió por los tres muchachitos y le prendió fuego a la casa.
Por eso las gentes aseguran haberla visto saltando en una sola pata, por sierras, cañadas y caminos, destilando sangre del cuadril y lanzando gritos lastimeros. Es el alma en pena de la mujer infiel que vaga por montes, valles y llanuras, que deshonró a sus hijos y no supo respetar a su, esposo.

 


ANÉCDOTAS SOBRE LA PATASOLA


En la vereda "Yaco", del municipio de Natagaima, había un anciano llamado don Pantaleón, quien sabía mucha mitología, historias de las tribus Indígenas aledañas al cerro "Pacandé", de las guerras de Mosquera, juzgamientos de éste por el general Santos Acosta y de otros presidentes de nuestra amada Colombia. Lo descubrí en casa de la familia Paloma, donde acostumbraban hornear semanalmente bizcocho de cuajada, de manteca, bizcochuelos y arepitas batidas. Cantaba con voz trémula estas dos coplas:

 

 

                                                             

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"A cualquiera se le da
un trago con bizcochuelo
y unos alpargates viejos
para que no pise'l suelo.

Para cachachos Anchique,
para rengues el Iguá;
para bizcochue'e manteca
Cejerina palomá.

 

Lo invité a mi escuelita para que me enseñara algunas coplas y me narrara algunos episodios sobre los mitos que él conociera, entablando el siguiente diálogo:


- Don Pantaleón, ¿usted ha visto la Patasola, alguna vez en su vida?
- Si señorita... y no señorita.
- Por Dios. don Panta; ¿esto qué significa?.
- Pues verá: a comienzos de este siglo tenia yo treinta años y no había pensado casarme, pero vivía en casa de un cuñado que era muy afiebrado a la cacería. La casa se levantó de madera en la región del Alto de Las Hermosas. Yo lo acompañaba siempre porque nos divertíamos con las aventuras que a diario experimentábamos. Unas muy peligrosas, que gracias a Dios estoy contando el cuento.

Prado: La Laguna Encantada

 

- ¿Había mucha fiera en aquellos parajes?.
- ...¡Muchísimas!. Pero, nosotros no cazábamos sino animales que nos proporcionaran carne para la semana, como venados, liebres, pacanes... aunque, cuando nos iba mal, buscábamos aves como chorólas, perdices, guacharacas... y una que otra paloma torcaz.
- ¿Y qué aves canoras cazaban?.
- Pocas, aunque abundan las de plumaje de colores bellos, siempre que se nos presentaba la ocasión cogíamos copetones, canarios, turpiales, mirlas, toches y cardenales, porque mi abuelita se enojaba diciéndonos que los pajaritos había que dejarlos libres, que era una crueldad apresarlos y que Dios los había creado era para alegrar la montaña y el llano con sus trinos.
- Muy bien dicho. ¿Y usted los vendía?.
- Como yo era cacharrero, recorría villorrios, corregimientos, veredas, llevando mercancías; ya conocía los mejores mercados para cada articulo. Cuando bajaba a Girardot por las chucherías, aprovechaba para llevar los pajaritos y luego regresar con mi cacharro.
- ¡ Aja!. Llevaba aves y traía adornos.
- Efectivamente. En ocasiones me demoraba porque recorría las veredas de Coyaima, Natagaima, San Antonio y Chaparral. Visitaba La Marina, San José, Copete, la región de Tetuán, y eso por trocha porque todavía estaba en montaña, con casitas distantes unas de otras.
- ¿Era peligroso andar a pie por esos riscos?.
- ¡Peligrosísimo!. Como abundaban los aserríos para descuajar la montaña y colonizar, las fieras buscaban escapar, asi que era muy común encontrarse uno "de manos a boca" con un jaguar, una danta. un tigre gallinero, un oso hormiguero... en fin, uno iba expuesto a mil peligros.
- ¿Y usted cómo pudo salir ileso?.
- ¡Mi Dios que es tan grande y misericordioso!. A veces me hacía el muerto; otras, me trepaba a un árbol y en la mayoría de las veces iba acompañado por viajeros, mercaderes o cazadores y ellos disparaban velozmente y las fieras huían como la ira mala.
- ¿Y... en qué quedó la cacería?.
- ¡Ah!. Que a veces nos internábamos entre el boscaje tupido de cedros, robles, guayacanes y nogales, acompañados de cinco perros valientes que se enfrentaban a cualquier jaguar.
- ¿Todos eran perros de cacería?.
- No. Llevábamos dos guardianes que eran unas fieras: "Veneno" y "Tábano". El mío era " Caifás "..Los dos de caceria eran muy diestros y conocedores del terreno.
- ¿Pero los dos cazadores eran usted y su cuñado?.
- ¡Ah! Perdone. Había olvidado decirte que invitamos a mi tío Eleuterio y a Juan, que era uno de los peones.
- Entre varios, deben ser divertidísimas las aventuras de la cacería, ¿verdad?.
- Muy divertidas, animadas y encaprichadoras. En aquella ocasión íbamos tan embebidos cazando un conejo, que los perros lo habían agarrado lejos de nosotros, cuando de pronto oímos unos ayes lastimeros como para conmover la montaña. Eleuterio y yo nos habíamos quedado atrás. Estábamos en silencio, cuando se repitieron los quejidos más cerca de nosotros. Severiano como se había adelantado con el peón, los dos estaban más cerca de donde procedían los ayes. Hucheamos los perros que estaban lejos y silbé a Caifas; este vino a relamerme. Seguimos. En el claro del bosque distinguimos la mujer despegada que bailaba en una sola pata, pero se dirigía hacia Severiano. Juan, su compañero, gritó: ¡Virgen Santísima! ¡Nos mata la Patasola..,!. En ese mismo instante nos rodearon los perros y el diabólico fantasma huyó lanzando una carcajada repugnante y gritando: "¡ Agradézcanle estaban en medio de animales benditos...!". Severiano y mi tío Eleuterio estaban tendidos en la hojarasca y amarillos como papayo biche. Inmediatamente mandé a Juan al aserrío por una botella de aguardiente para reponernos de semejante susto y darles aliento a los compañeros. .
- Perdóneme don Panta, pero... ustedes loa hombres, arreglan todo con trag uito, ¿verdad?.
- ¡ Es que es tan sabroso...! Y más ese, que era de contrabando.
- ¿Entonces, usted sí vio la Patasola?.
- Lo que se dice bien. bien, no. Con el susto, uno se vuelve un tonto. Cuando oí la palabra Patasola, no supe dónde me encontraba. Mi tíov Eleuterio y Severiano sí la vieron más de cerca y por eso se cayeron al suelo.
- ¿Y ellos qué dijeron cuando se repusieron?.
- Ya con los traguitos vinieron las risas. Mi tío decía que él se sabía una oración pero no pudo dar con la primera palabra. Severiano decía que era una mujer que no se le podía ver la cara porque los cabellos le caían sobre ella; que lo único que asomaban eran unos largos colmillos amarillentos y que daba lástima verla con el vestido andrajoso y sucio.
- Yo creo que ellos tampoco la pudieron ver bien, por el mismo miedo que sintieron. ¿No dice que se cayeron al suelo?.
- Sí señorita. Es que el miedo comienza desde que la oye uno cernir; y como la ve brincar con esos chiros tan feos... ¡al más valiente le da tembladera!
- Tiene que ser espeluznante para un viajero encontrarse con ella, solo, entre esos montes, ¿no cree usted?.
- Como me ocurrió en cierta ocasión que tenía que viajar a Canoas a llevar unos encargos. Como ese cañón era tan peligroso, me llevó a Caifas. En una fonda del camino me encontré con mi padre que había ido a negociar unas arrobas de cacao. Allí me picó la codicia, de subir hasta San Pedro y Sur de Atá porque llevaba nueva mercancía de la que allí siempre me encargaban.
- ¿Su padre lo acompañó?.
- No señorita. El me esperaba en Chaparral, para regresarnos. Más adelante me alcanzó Milciádes y un compadre de Severiano que iba a traer un lote de mulas. Como a las tres horas de camino nos tendimos bajo un algarrobo a descansar y tomarnos unos traguitos. Allí, charlando boca arriba, muy despreocupados nos antojamos de coger unas bellotas de algarrobo para poner sahumerios en nuestras casas. Milciádes como era delgado y pequeño se subió al árbol. Estaba llenando un costal, cuando oímos unos gritos que Milciádes contestó desde la copa del árbol. Mi lebrel se encaminó al sitio de los aullidos y empezó a ladrar desesperadamente; los gritos se repetían y Milciádes los contestaba. Luego él dijo: "debe de ser la esposa de un leñador que la ha mordido una culebra... "¡Pobrecita...! dije yo_ ¿Pero qué le podremos dar para aliviarla?. Yo que digo esto cuando vi la mujer como en zancos, y me acordé de Severiano. ¡Es la Patasola...! . grité con toda la fuerza de mis pulmones _ En el acto. mi fiel perro ya estaba cerca de mí ladrándome y lamiéndome. Milciádes gritó alarmado... Recemos "la Oración del monte"... Y desde la copa del árbol empezó a rezarla, aunque él no alcanzaba a verla porque yo era quien estaba en peligro.
- ¿No me dijo que su perro estaba al lado suyo?.
- Como buen compañero, era mi único consuelo y la esperanza de que nada malo me ocurriera, ni al compañero de aventuras tampoco.
- ¿Para su padre era peligroso andar por aquellos caminos?
- El se los sabia de memoria porque mi abuelo lo llevaba a los grandes aserríos que había principalmente en la región de Ataco. Después el me llevaba para que yo aprendiera a negociar y me formara como hombre valiente y emprendedor. Mi abuelo, que era tan rebuscador, formó compañía con unos compadres ricos y negociaban en maderas finas, las cuales eran muy apetecidas para llevar al mercado de Girardot. Trasegábamos toda la orilla del Saldaña desde Herrera, Bilbao, Pole, etc. Daba gusto encontrar cedro, nogal, comino y canelo. Conocí todas las breñas de Roncesvalles y Ortega. Son otros emporios de riqueza maderera. Allí distinguí el cedro negro y el cedro rosado; abundan el caracoli, el iguá y el laurel. A veces bajábamos a Ibagué, donde era más abundante todavía el cedro negro, el mu, el arenillo el medio comino, el pino, el tuno y el roble blanco.
- ¡Caramba!. Pero me deja absorta no sólo de las actividades de sus mayores, sino de los conocimientos sobre las diversas maderas de nuestro Tolima. ¡Esto es halagador! Pero volvamos a la Patasola. ¿Usted me pudiera dictar la Oración?.
- ¡Han pasado tantos años...! Escriba así.

 

Yo como si,
pero como ya se ve
suponiendo que así fue
lo mismo que antes así
si alguna persona a mi
echare el mismo compás
eso fue de aquello pende,
supongo que ya me entiende
no tengo que decir más.
Patasola, no hagas mal
que en el monte está tu bien.

 - Ya está. ¿Eso es todo?.
- No es más. Lo que pasa en estos casos, es que con el susto, a cualquiera se le olvida.
- ¿Ese día, usted se la sabía?.
- No señorita. Desde esa ocasión, tuve que decirle a Milcíades que la copiara, y me di a la tarea de aprendérmela bien.
- ¿Y, nunca la volvió a utilizar?.
- Para un "San Churumbelo, en Ortega, para los lados de Guatavita. ,
- ¡Pero ese santo no lo he visto en el Calendario!.
- Este Santo figura en la mente de todos los tolimenses y huilenses.
- Es un Santo muy folclórico que lo celebramos el día siguiente de San Eloy. Principia el San Juan, sigue San Eloy y al otro día es San Churumbelo.

 Es una fiesta para parranderos empecinados, que no contentos con el baño sanjuanero, las juegas de gallos, las corridas de toros... a la vez que la lechona, los tamales, el bizcochuelo, las arepitas batidas y la mistela, siguen tunando, cantando coplas, recitando ensaladillas y bailando al son de la tambora, el tiple, la carrasca, el chucho y la flauta. Para ese día programan carreras de "encostalados".
- ¿Y no se rinden de tanto tomar, bailar y trasnochar?.
- Uno cuando está joven resiste muchos días de parranda. Cuando yo era muchacho, recuerdo que toda la familia tomaba parte en la parranda y principiábamos desde el veintitrés de Junio o sean las vísperas de San Juan, y no parábamos hasta el primero de Julio. Aquella vez, se casaba la hija de mi tío Silvestre el día de San Churumbelo y habían invitado como sesenta personas, casi todos parientes y compadres, fuera de los padrinos. Eran dos fiestas: la víspera en casa de la novia y el día del casorio era donde los padres del novio.
- ¿Pero todos eran gentes de plata?.
- No tanto. Lo que pasaba en aquella época, era que el dinero alcanzaba y en el campo cada cual tiene su cría de cerdos, sus gallinitas y su par de caballos briosos. A veces, cuando no hay vaquita lechera, están las cuatro chivitas. Con los huevitos se hacían los bizcochuelos, las almojábanas y las arepitas batidas. Las gallinitas para el sancocho y la mejor marrana era para rellenarla. Aquella vez parrandeamos hasta el amanecer, hora de salir para el pueblo a la ceremonia. Una numerosa cabalgata, encabezada por los novios, en las mejores bestias, partió para la iglesia.
- ¡Se parrandeaba jubilosamente en aquel tiempo...!
- Y tranquilamente. Al regreso se siguió la fiesta con gran entusiasmo, muchos vivas a los recién casados y quema de voladores.
- ¿No se asustaban los caballos con los voladores?.
- Ya estaban acostumbrados. A la llegada fue el refresco: aguardiente para los hombres, vino y mistela para las damas, con el exquisito bizcochuelo. Todo el día podía uno tomar chicha, guarapo y guarruz.
- ¿Dicen que la chicha de Ortega es la más deliciosa del Tolima?.
- Es verídico, no tiene igual. Por eso dice la copla:

Dos cosas hay en la vida
que me hacen trastabillar:
la chicha de ojo de Ortega
y una negra' el Espinal


- Muy simpática la copla, ya la anotaré. Pero antes dígame: ¿todos los invitados se esperaron a almorzar?.
- Todos los de la cabalgata y los que no habian ido al pueblo. El almuerzo fue de percha: estofado de cordero, pavo relleno y la famosa lechona. Por la tarde chivo asado y a la cena de media noche los deliciosos tamales con arepitas, cauchas, arepuelas, regañonas y rosquetes.
- ¡Qué maravilla! ¡Según eso, la bromafología del Tolima es famosa!.
- No me hable en otro idioma porque no entiendo.
- Es castellano, don Panta. Es que bromatologia es la recopilación de los elementos y manjares de una región. El arte o manera de preparar las bebidas y los alimentos, se llama culinaria.
- ¡Ah! Esta palabra sí la había oído. pero no sabia su significado. Otras cosas que preparan, por cierto muy exquisitas, son las rellenas y la famosa "chanfaina".
- ¿Qué es eso de chanfaina?.
- Es un guiso especial que se hace picando las visceras bien menúditas, ya del cerdo, del cordero o del chivo y condimentándolas bien.
- ¡ Delicioso debe quedar ese plato!.
- ¡Como para chuparse los dedos!. Le sigo contando lo de la parranda: esa noche se bailó frenéticamente hasta la madrugada grande hora en que se fueron los padrinos y algunos invitados. Quedamos como unos veinte. Los que no bailábamos, nos quedamos acostados en la barbacoa del patio, echando cuentos y ponderando las comitivas de las fiestas del San Juan. Uno de estos alcanzó a ver un bulto que brincaba cerca a un guarumo de la vecindad, y empezó a gritar sobresaltado: ¡La Patasola...! ¡La Patasola...! ¡Llegó la Patasola...! De un sólo salto, los de afuera se entraron a la casa y el baile se paralizó al instante. Silvestre, como jefe de familia, ordenó que gritaran todos con él:¡EI hachaaa...! ¡La hogueraaa...! ¡Las tres tusas...! El bozarrón resonó muchas cuadras a la redonda y el endriago desapareció.
- ¡Qué misterio encierran esas tres palabras?.
- El hacha la odia. lo mismo que el machete, porque el marido le cortó la pierna de un sólo golpe, por su infidelidad; la candela y las tres tusas, porque, dicen que a las brujas las castigaban quemándolas en una hoguera atizada con tusas.
- Es admirable y extraño el misterio sobre estos personajes que han vivido a través de los siglos, tan arraigados en la conciencia popular.
- Y seguirán hasta que se acabe el mundo, porque en este conjunto tan inmenso llamado naturaleza, obra de la mano del Creador, existen misterios que no podemos negar y que se extienden de generación en generación.
- Tiene usted razón. Yo misma, aunque no los he visto, me siento plenamente convencida porque nos ilustran y nos hacen vivir todos aquellos episodios que experimentaron nuestros antepasados.
- Y que se siente una satisfacción muy grande, ¿no es verdad, señorita?.
- Así es, don Panta. Y... muchas gracias por sus informaciones. .
- Siempre a sus órdenes.

 

 patasola

 

LA PATASOLA NARRADO POR CRISPIN MANJARRÉS

 

Se dice que La Patasola era una muchacha que fue la esposa de un militar, ¿sí?.. que le fue infiel a él. Antonces él la dejó y se fue por allá, y ella pensó que lo habían matado. Antonces resulta que se puso a hacer el amor con otro y le dieron un hijo. Cuando él vino la encontró con un hijo, y ella pensando que el hombre se había muerto. Antonces, según se cuenta, el tipo le quitó una pierna con un hacha, ¿jm?, y de ahí la mujer comenzó a andar y andar, ¿ve? Y se perdió y se perdió. De ahí viene el cuento de La Patasola.
A esa yo la he sentido. Eso es un grito largo, destemplado... Esas cosas... dicen que son espíritus malos. Esa pega un grito al silencio de la noche, a un término de doce de la noche... una de la mañana... Grita durísimo, y cuando uno oye el grito, hay que quedarse calladito; porque's que si... si uno le contesta quesque ahí viene a dar la señora esta... Sííí... oí el grito así en una ocasión, porque'so es más que todo en las partes montañosas donde uno oye esas cosas. Es un grito destemplado; eso tiene un deje: "¡jeiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaaa!", y se oye como que viene de lejos. Y luego vuelve otra vez, y más adelantico... ¡vuelve y suena! ¡Más cerquita! Dicen que, cuando uno contesta esa vaina, antonces La Patasola le llega y... a uno le corre peligro.
Yo sentí esa vaina y he sentido el ruido de El Pollo de Viento, he sentido El Chilaco de Viento, he sentido El Potro de Viento, ¡tarde en la noche!, yendo yo solito agua abajo, durante veinticinco años
que duré yo navegando de Purificación a Honda, y sentir... El Potro de Viento, diga usté, puallá en el firmamento, sentir por allá: "iiijijijijijijiji!" y oír usté, por allá en las montañas, ¡en esas faldas lóbrigas!, La Patasola, que es la que grita: "¡jeiiiiii_aaaaaaaaaaaaaaaaa!" Pero eso es mucho más, ¿verdad?, dura como dos minutos esa vaina. Lo que pasa es que yo no he sido nervioso, ¿no? Yo salgo pa' jiualquier parte de noche. Le tengo miedo, por ejemplo, a andar de noche de un municipio a otro por camino de herradura, le tengo miedo a que se encarame uno encima de una culebra. Eso sí me da miedo.

Otras veces la fiera esa lo coge a usté y lo lleva. Lo sigue, porque se le presenta una muchacha bonita. El tipo que's vicioso, que's enamorao, pernicioso, sale por ai, y antonces ella le sale: ¡una china bien hermosa! Y el tipo enamorao, pues detrás de la muchacha, sigue detrás de ella hasta que lo deja por allá solitario, hasta cuando se le presenta en un jolongo, y ai queda el tipo.
En una ocasión, resulta que había un amigo supremamente... mujeriego, ¿no?, mucho enamorao él, mucho pasao de los límites. Antonces también era mucho sinvergüención, ¿entiende?, le gustaba mucho la toma; a todo momento tomaba, pero en medio de la toma... era demasiado mujeriego. Antonces venía de por allá de ciertos sitios... de tolerancia, ¿no?, a deshoras de la noche, altas horas de la noche, cuando se le presentó una joven... una muchacha sentada en un andencito... ahí al pie del almacén La Unión. Era una china simpática, ¿jm?, así en un callejón oscuro. Antonces dizque le dijo él: "Señorita, ¿gusta que la acompañe? Que mire que no sé qué, que así y asá". El tipo, pues, empezó a echarle flores. Ella le contestó que, ¡claro! Y él se fue todo emocionado, se fue a acompañarla. Entonces íjilla dizque lo cogió y lo perdió... ¡claro, se lo llevó al hombre! Se le internó el espíritu dese malino. Dizque más adelante, la china tan hermosa, ya llegando al frente de los Caballeros, lo cogió y lo abrazó, y él le botó el brazo así y... cuando ya lo iba a besar, le voltea a mirar la cara y dizque le mostró esos colmillotes así de grandototes que tenía, y le dijo: "¡Míreme la cara! ¿Sí? ¡Míreme la cara!" Antonces él llegó y la miró así... y se asustó: le faltaba una pata, y esta parte de aquíatrás era un jolongo, ¿sí?, o sea ¡puro esqueleto no más! Él pegó el grito, pero cuando salió la gente ya el espíritu ese se lo había trastiado. El hombre quedó fue de una vez fundido, y de ahí se lo trastió. Y antonces el hombre... ¡ah!, pues Emiliano Yurce, apareció por ai entre una mata'e guauda.

 

 

Hay otro cuento, claro que... Me contaba un aserrador que se fueron dos tipos desos que les gusta sacar madera a la montaña, a un aserrío. (¡Pues ese espíritu anda es en la montaña, en el monte! Antonces probablemente seguro fue que le cortaron la pata en el monte, ¿no?) Estando sacando madera en el monte... no ha de faltar en el personal alguno que sea, ¿cómo le dijera yo? ... De esos vomitivos, que son de sólo vainas, de... que viven pensando en cosas raras...y ellos estaban por allá; tenían el bastimento pa' quince días, pues allá... Y esa noche o sea tarde, por ai a las cinco'e la tarde, arrimaron el trabajo y se pusieron a hacer la comida. Antonces uno de ellos, el que era el del cuento, dizque salió así y le dijo al otro: "¡Ole, fulano de tal! ¡Carambas! Si viniera una muchacha yo esta noche dormía con ella; ¡estoy necesitando mujer!" El otro dizque le dijo: "¡Qué se pone a pensar bestialidades! No se ponga a pensar esas cosas, que eso es terrible. ¿Por qué no se pone...?" Cuando oyó en la selva, por allá bien a lo hondo, fue gritar... Dizque ella les j'ondió un grito.

 

Antonces, ¡El vergajo se paró y le contestó! ¡Le contestó el eco! (Porque'lla lo grave's contestarle... Desde que usté le conteste, tenga la segura seguridad que esa fiera lo busca) ¡Bueno! Antonces el tipo al rato sintió otra vez el grito y ¡volvió y le contestó! Al rato... gritó más cerca y el tipo volvió y le contestó. Antonces, el otro le dijo: "¡Cómo se va a poner a contestar a una persona que no se sabe por aquí qué persona es, hombre! ¡No se ponga a hacer esas bestialidades!" ¡Bueno! Ya oscureciendo, vieron que venía una china (¡pero hermosa!) con un canastado de flores (¡una barbaridad, venía hermosa!). Antonces el tipo del cuento salió y la encontró diuna vez, y dijo: "Venga para acá, mijita, y que no sé qué y sí sémás". Y al compañero que tenía le dijo: "Mijo, hay que servirle comida a esta señorita". El tipo era atendiéndola, sirviéndole tinto, sirviéndole una cosa, y el otro les sirvió la comida a la china y a su compañero, y veía que la carne que le había puesto a ella... Esa la cogía... Esa no la masticaba sino que cogía el pedazo y se lo mandaba'sí... y unos dientes como raros.

Al tipo, al compañero, le causó vaina y dijo: "¡Ay! ¡Virgen Santísima! ¡Estamos metidos es en la grande!" ¡Bueno! Y el tipo del cuento fue diuna vez a subirse al zarzo con ella. Antonces el otro dijo: "No, yo no me subo puallá; yo me quedo aquí abajo". ¡Bueno! Y se quedó asustao, rezando allá abajo y se quedó dormido. Cuando... del momento, ya por ai eso de las... serían las doce de la noche, él sintió que caía, que chispiaba una vaina al suelo. Del zarzo caía una cosa muy... seguida, seguida, como cuando uno vacea agua; yeso golpeaba el suelo. Antonces él sacó la linterna y alumbró... ¡Nooo, pues lavadito'e sangre todo eso! ¡Eso chispiaba la sangre de arriba tremendamente!
En ese momento se acordó que'l hacha y el rejo eran la base de retirar esa vaina. Antonces dizque dijo: "¡Aónde'stá el hacha! ¡Y el rejo!" Ellos tenían eso, ¡ai lo tenían! Y diuna vez cogió el hacha y la tiró... cuando ve que se bota esa fantasma del zarzo y coge a rondiarle'l rancho.

Antonces... ¿él qué hizo? ¡Botó el hacha puallá pa'l zarzo y le tiró el rejo y cogió por el camino... (¡pero el pueblo era muy lejos!) a salir a avisar; y ese animal detrás, esa fantasma, esa cosa tan feo. Hasta que llegó al pueblo y se metió en un corral de vacas... Y ai sí ella no se metió; porque como eso forman cruz con los cachos y la cara... ¡Pero ai le tocó amanecer! Antonces, a lo que pudo, avisó, y se vino la policía o el ejército, alguien de la autoridad, ¡y en cuántas se vieron pa' poder sacar el pedazo de cuerpo! ¡Ya no tenía sino un pedazo! Ya le digo... la Bera llegó y degolló al que le contestó el eco. Lo degolló porque ya lo había... el culpable.

Eso son cuentos que se saben de esas. Claro que ahora, como les cuento, ya ahora es muy raro. Eso lo oye uno más que todo es puallá en las selvas y las montañas. Pero le oía yo muy pequeño a mi papá, un señor contándole a mi papá por La Patasola... Eso fue en Dolores. Resulta que en ese pueblo, aliado de un punto que llaman San Miguel, eso era montaña, sólo monte. Antonces el tipo del cuento dizque dijo: "¡Hombre, vaya echarme una vuelta puallá abajo, que hay un trapiche donde muelen caña!", diga vusté como a dos kilómetros. Pero él rozó un pedazo y lo sembró en maíz. Y el maíz, pues, se le crió muy bueno. Antonces el tipo llegó y se puso a cogerlo... y lo amontonó en el rancho pa' ponerse a desgranarlo. Y se vino esa semana a desgranarlo... Iba haciendo los bultos cuando...

Una noche estaba, por ai a las nueve'la noche, cuando oyó los gritos... como de una mujer, un grito destemplado... Antonces se puso a pensar: "¿Esa vaina qué será?" Pero como él taba solito... Hasta que al ratico oyó el grito más cerca, y de una vez dijo: "Esta cosa no es cosa buena". Antonces cogió todas las tusas y se subió al zarzo para poner las tusas así en cruz, pa' taparle toda la entrada... Y esa cosa gritando de p'arriba por la quebrada a la que él iba a sacar el agua.

Por ai no había mujeres ni nada... Cuando se dio cuenta (porque's que la noche estaba claritica)... arrimó a la quebrada y gritó ¡en el puro puerto donde él cogía el agua! la fantasma esa. Llegó al patio del ranchito donde'l estaba. Eso gritaba, eso lloraba, eso conversaba, eso chillaba pero feamente por ahí. Antonces él se quedó mirando... y contaba... que la había visto un pie destos al contrario: uno, con el talón para'trás, y el otro, con el talón pa'lante y los dedos para'trás, ¿jm? Antonces él con el miedo... Antonces se metió al rancho ella y miraba por lado y lado... Hasta que... cuando levantó la vista pa'l zarzo. Ella fue a ponerse las manos pa' subirse, y en ese momento dio un grito y salió corriendo pa'l patio... Ahí hizo como tres intentos a subirse al zarzo... Ella volvió y salió por el mismo camino a la quebrada hasta que caminó lejos... hasta que no se oía el grito della.

Dicen así... que se volvió Pata... Eso es un espanto. Decían que, en una ocasión, le pegaron un machetazo con un hacha (porque'lla le tiene mucho miedo al hacha y al rejo...) y decían que le habían dañado una pierna y por eso era que'lla caminaba así.
También la corren con una cosa... con una oración de no sé qué. Y antonces... unos la habían corretiado con esa oración. Por eso es que en el monte uno no debe contestar ningún grito... Porque'sos son espíritus, ¿quién sabe eso? ¡Quién sabe qué siglos hará que existe eso!
Ya le digo... La fiera es esa que grita... Eso es de noche. Es un grito extenso y, al que le contesta... puede estar usté que le contestó puede estar en medio de diez, y usté es el que resulta muerto, usté es el que resulta degollao.
Una noche (eran como las siete'la noche) estábamos puallá en una roza. Cuando llegó... oí el grito de una mujer: "¡jeiiiiiiljaaaaa aaaaaaaaaaaa!",gritó. Antonces... había un compañero mío que iba a gritar, y yo le dije: "No vaya a gritar, porque uno no sabe quién será". Antonces dijo que podía ser una señora por aL Y le dije: "¡Qué va creer usté que una señora aquí a las siete'la noche en un monte destos, va a estar por aquí! ¿Antonces por qué no había gritado a las seis?"

¡Bueno! Antonces yo estaba... estábamos pendientes, ¿no? Yo le decía al uno: "No, eso no puede ser alguno que esté por aquí que se haiga cortado, porque antonces ya había gritado a las seis de la tarde y van a ser las siete de la noche". En lo que se veía, así en medio había luna, ¿no? Antonces tábamos en esas... pero, claro, como ella gritó, estaba lejos de donde nosotros estábamos, a por lo menos unos tres kilómetros, clarito gritó. Tábamos en esas cuando una mujer... yo vi que venía un bulto... blanco,jm, que llegó y se paró así al frente de nosotros. Nosotros nos mirábamos, pero no hacíamos sino... una cosa blanca, pero no se le veían pies ni cabeza ni nada. ¡Bueno! Antonces yo le dije al compañero mío: "¡Esto no es cosa buena!" Me dijo: "Yo creía que era la señora de este señor que vive allí al pie'la carrera. e con ese ijue va creer usté que esa senora se va a meter a un monte espesísimo!" Antonces se paró así, acá a este lado, donde hay una llanada... un llanito ahí, y yo me quedé esperando a que pasara al otro lado ¡al llano otra vez! Antonces cogimos así a mirar a ver si estaba detrás del matorral ese, pero... ¡no había nada ahí! Y le dije al compañero mío: "¡No, vamonós, porque'sto no... esto es opción mala!" Nos tocaba pasar por un monte espeso otra vez, y yo lo que hice fue que... prendí un tabaco, un cigarrillo que llevaba... ¡Y hágale!.. Ya les digo...

 

 

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