Celebrando 10 años del Colegio europeo de Ibagué.

Palabra hablada y Palabra escrita

 

LA ORALIDAD

 

Por tradición oral entendemos el conjunto de representaciones colectivas elaboradas por una cultura a través del tiempo y transmitidas, de generación en generación, por medio del lenguaje oral. Expliquemos brevemente nuestra definición.

En primer lugar, decimos que se trata de un conjunto de representaciones colectivas elaboradas por una cultura, en la medida en que es un cuerpo homogéneo, que recoge la totalidad de formas mediante las cuales una agrupación humana simboliza sus prácticas cotidianas y sus relaciones con el mundo, como los mitos, los cuentos, las coplas y las adivinanzas.

En segundo lugar, ese conjunto de representaciones se transmite de generación en generación, principalmente a través del lenguaje oral; es decir, su paso de una persona a otra, del pasado al presente y al futuro, se da por medio de la técnica más simple y básica del lenguaje: la oralidad.

 

La oralidad, basada en el hablar de la voz, tiene por condición inicial la fugacidad del sonido en que se funda la palabra2. En efecto, dicho el nombre, su permanencia en el aire es breve; no ha poco que lo hemos pronunciado cuando ya nos abisma el silencio. Entonces, resulta difícil retener lo escuchado, hacerlo memorable, hacerlo conocimiento. Por eso, cuando carecemos de escritura debemos acudir al verso, al ritmo: así podemos repetir hasta el cansancio lo escuchado; así estaremos en condiciones de salir de pesca, encender un fuego, preparar los alimentos o explorar un bosque, e inclusive podremos divertirnos:

 

Los enemigos del alma
me dijeron que eran tres;
y yo digo que son cuatro
si se cuenta a la mujer.

 

Entonces, la oralidad es una de las principales características de los pueblos sin escritura, aunque no está del todo ausente de las sociedades que la conocen. Por eso, los pueblos" ágrafos" son de un marcado conservadurismo: "Dado que en una cultura oral primaria el conocimiento conceptuado que no se repite en voz alta desaparece pronto -escribe Walter Ong-, las sociedades orales deben dedicar gran energía a repetir una y otra vez lo que se ha aprendido arduamente a través de los siglos. Esta necesidad establece una configuración altamente tradicionalista o conservadora en la mente, que, con buena razón, reprime la experimentación intelectual"4. La novedad que no resulta útil es graciosa mente rechazada, pues de aceptarse, la vida del grupo correría peligro. Imaginemos que un pueblo "primitivo" descubre, abandonadas en las ruinas de un monasterio, las obras completas de Stefan Zweig. Posiblemente les resultarían atractivos los colores de los tomos, los '; garabatos" plasmados en ellos. Pero, ¿y luego? Si hubiera en el grupo algún extranjero, diría: "Momentos estelares de la humanidad. ¡Leedlos y estaréis salvados!" De hacerle caso, la comunidad olvidaría los ritos para hacer las canoas, la fórmula para recoger la cosecha... En el caso contrario -y más probable-, los volúmenes de Zweig pasarían a tener una utilidad práctica, a "servir para algo": atizar el fuego del hogar, sostener la piedra de los sacrificios o equilibrar la pata de esa mesa rota hace años.

De otro lado, la oralidad tiene un carácter de pertenencia al lugar donde se la pronuncia: es la vida misma; es geografía, paisaje, entorno. La tradición oral se reviste de Iodo y masa vegetal. La oralidad permite simultáneamente la apropiación y la expresión de la naturaleza. Los mitos, las leyendas, los cuentos populares y las copias de las culturas orales dicen la tierra; y el hombre, por medio de la voz, se une de manera duradera al lugar de sus mayores, al lugar que lo vio nacer. Por ejemplo: la ceiba, el río Magdalena y el nicuro, elementos de la vida cotidiana de los campesinos de Colombia, aparecen con frecuencia en sus mitos, cantos y coplas, anclando el lenguaje en la naturaleza.

 

 

LA ESCRITURA

 

"La fijación de la palabra en el espacio", señala Walter Ong en su libro Oralidad y escritura, sí que permite libertades. Ya no precisamos la agudeza auditiva, la atención y la memoria; al contrario, despierta en nosotros una cierta ligereza con respecto a lo leído. Eso nos permite releer un párrafo, si no estábamos concentrados; volver atrás para entenderlo. F9ada la palabra, no nos aterra olvidar lo viejo ni aprender lo nuevo. Aquí poco importa la utilidad de lo leído: pueden ser avisos (los odiados carteles de Salinas, poeta español de la Generación del 27 (1891-1950). Para indagar sobre temas afines, especialmente lo relacionado con los carteles, véase El defensor. También pueden revisarse, en el mismo libro, así como en La responsabilidad del escritor, la "Defensa, implícita, de los viejos analfabetos" y "Los nuevos analfabetos': en los cuales cuestiona el analfabetismo moderno: la gente prácticamente se niega a leer buenos libros, si es que lee, y se limita a ver con agrado los avisos y carteles publicitarios, que poco o nada dicen.), libros, periódicos, textos de física o almanaques. El camino es arduo, pero estamos en condiciones de elegir ante la encrucijada, algo que no nos permite hacer la tradición oral. La escritura, entonces, hace posible la expansión del conocimiento, el ingreso de nuestro ser en terrenos antes insospechados de la ciencia, la historia, la teología, la filosofía, la literatura...

A través de la escritura el saber se parcela: el conocimiento del mundo deja de ser totalizante y el hombre logra, al fin, separarse de sí mismo. De otra parte ganamos trabajos, comodidades, perspectivas, vuelos espaciales y, por supuesto, podemos divertimos:

 

 

A UNA NARIZ

 

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;

érase un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba
érase un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era;

érase naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito?

 

En cierto sentido, la palabra escrita también posee un vínculo con la tierra. Atrapada en el papel que alguna vez fuera árbol, la palabra visible, aquella que vemos al leer un libro, nos conduce al aromoso bosque que la engarza en un paisaje. Pero aún hay más: esa raigambre de la escritura en el entorno, por poco natural que pueda ser8, resulta definitiva, permanente. Fijar la palabra en el espacio es tanto como detener el tiempo y resguardar el mundo de su desaparición: la escritura es una certeza de permanencia.

Desde luego, al pasar del sonido (su ambiente natural) a la imagen, la palabra se desnaturaliza, aunque nunca pierda su vocación sonora: al verla, al leerla, parece como si, en efecto, dijésemos a plena voz "¡palabra!"; y, sin embargo, ella sigue ahí, muda, sobre el papel, esperando a que alguien la pronuncie, haciéndola otra vez sonido. Una cosa más: al quedar 'suardada" en el papel, así conserve el componente telúrico que le da el hecho de haber sido planta, la palabra también se separa del entorno: una vez escrita, perdemos el gesto el guiño, los brillantes ojos que nos miran; porque, aun cuando podamos transcribir las voces de la charla, jamás podremos hacer lo mismo con esos cuerpos que también nos hablan.

 

La escritura no nos proporciona un conocimiento totalizante, completo, del mundo. Paradoja: aunque nos permite conocer casi sin fronteras, al mismo tiempo nos pone límites, celdillas desde las cuales palpamos fragmentos del universo, sin poder abarcarlo todo. Aspirar a ello sería tanto como seguir el camino de Faust09. Así es la palabra recogida por la ciencia, la historia y la filosofía: demasiado ancha y demasiado estrecha; nombra la vida y, sin embargo, se aleja de ella.

Al igual que la tradición oral, la escritura es decantación de la experiencia. Dos son sus caminos: la historia y la literatura; las cronologías y el relato. En ambos, la palabra se hace memoria, al igual que el mito, las leyendas y los cuentos populares: ya no hay lugar al olvido. Y, sin embargo, esa memoria adquiere una fijeza insospechada, digamos que asombrosa: es definitiva, invariable, eterna, en el seno de un texto. No importa que los libros yazcan en la biblioteca a la espera de un lector que los aísle del conjunto: cada uno sigue alojando nombres, vidas enteras para las cuales la lectura es una invocación, una remembranza que los sustrae del olvido. La palabra, una vez hecha libro, es constancia del tiempo transcurrido y, a la vez, certeza del retorno al origen. La escritura es, pues, aval de permanencia. Por mediación suya podemos traer del pasado a los abuelos, a nuestros seres más queridos, a la novia que se casó con otro; las guerras, las conquistas y los conflictos sociales; en fin, la resaca de todo lo vivido, como diría César Vallejo. A ello apuntan la historia, la literatura, la teología y la filosofía. ¿Por qué no la ciencia? Porque sus posibilidades de archivo y construcción de la memoria apenas recogen técnicas, instrumentos y herramientas, nunca la experiencia de vida, así ella sea su objeto (como en el caso de la biología).

Aunque diferentes, historia y literatura intercambian elementos; sobre todo la historia, que acude al relato, a la manera literaria, para dar cuenta de procesos y acontecimientos. En consecuencia, la historia puede mirarse como un modo literario, sólo que su intención nunca es estética, como sí lo es la de la literatura. Aunque, en cierto modo, es una recreación de la realidad, el relato histórico puro no persigue (salvo contados casos) convertirse en -Acción narrativa. Por su parte, la literatura se acerca a la historia para recibir empréstitos y conseguir un ensanchamiento temático, como pensaba Alfonso Reyes.

 

 

EL RELATO

 

Tanto la tradición oral como la tradición escrita, digamos aquí la literatura, acuden a la relación para decir el mundo, decantar la experiencia de vida y dar lugar a la memoria. En estas condiciones, el relato es el punto de encuentro entre los dos modos del hablar: la voz y la grafía, el sonido y la imagen. Se trata de un tipo particular de texto, mediante el cual se pone en conocimiento de la comunidad, de manera más o menos detallada, un acontecimiento, con la aspiración de hacerla perdurable, de congelarlo en un tiempo y un espacio determinados. Expliquemos brevemente nuestra definición.

En primer término, el relato es un tipo de texto; es decir, un conjunto articulado y coherente de enunciados, a través del cual se hace la relación o narración de ciertos eventos de interés para el ser humano por medio de la palabra, ya sea oral, ya sea escrita.

En segundo lugar, el relato intenta dar a conocer a la sociedad sucesos que tienen alguna trascendencia para esta y que, por ello, deben ser recordados. Se trata, pues, de un medio de recolección y transmisión de información, que se constituye en la base del saber de esa sociedad o ese conglomerado humano, mediante una relación que, con excepción de los relatos míticos, como veremos, es siempre parcial. Ese propósito de recordar apunta a algo más profundo: a congelar, si se nos permite la expresión, los hechos en el tiempo y en el espacio, para que sean conocidos por las generaciones futuras.

 

Ahora bien: cuando la relación tiene lugar entre los pueblos sin escritura, el relato puede remontarse a dos tiempos: uno cronológico, histórico, que podríamos llamar profano, en el cual se inscriben las leyendas y los cuentos populares o folclóricos -como las famosas historias del Tío Conejo o de Pedro Urdimales, también conocido como Pedro Rimales, Pedro Urdimalas e inclusive como Pedro. Demalas-, y otro atemporal, ahistórico, que podríamos llamar sagrado, en el cual se insertan los mitos. Sin embargo, estos también pueden contar historias que ocurren en el tiempo histórico de la vida cotidiana, como ocurre con los mitos mestizos colombianos. La relación, entonces, cuando se trata del mito, se re-Aere al tiempo sagrado y, por lo mismo, se remonta a un tiempo anterior al presente que se proyecta hacia el futuro. "En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios", escribe san Juan CJn 1,1): el relato, así, es palabra dada, el acontecer de lo narrado se manifiesta como creación del mundo, como inicio de la tradición, y la tradición llega a ser el principio del origen, como dijimos en otro lugar12. Pero, además, ese relato es verbo encarnado, palabra eterna, por su condición esencialmente divina. Por ello amerita la repetición constante, la renovación continuada de la creación cada vez que se cuentan los sucesos del origen: "En el principio creó Dios los cielos y la Tierra" (Gn 1,1). Se cierra el círculo y de nuevo estamos en el primer momento, en el origen, en el "pasado carente de tensiones".

 

Los relatos tradicionales, si no son míticos, como la leyenda de El Dorado y los cuentos de hadas, tienen una doble intencionalidad: de un lado, apuntan a la exaltación de un pasado histórico o supuestamente histórico; de otro comportan un elemento estético, de complacencia con la palabra bien dicha, con la belleza: se cuentan historias para entretener y divertir a la gente. En cambio, cuando el relato tradicional tiene carácter mítico, la narración, más que a una estética, apunta a un estado del alma naciente que renueva su pacto con los Poderosos del Cielo, como se llama a los dioses en el Popol Vuh. Su aspiración, en definitiva, es dar al hombre una respuesta a sus incógnitas radicales como la muerte, el sufrimiento, la memoria y el olvido, el asombro ante el entorno que habla por sí mismo a través de ángeles y demonios. En ese camino el relato mítico y, por mediación suya, el mito mismo, representa el anhelo humano de plenitud perpetua en el origen, de comunión total con el mundo de los hombres, del cielo, de la tierra, de los dioses.

 

Por su parte, el relato literario espera congelar el tiempo de un modo diferente. La sola grafía, por sí misma, implica la conservación del nombre a perpetuidad. Y, sin embargo, el mero nombre no aspira a conservarse solo: al igual que en el relato mítico, importan en grado sumo el suceder, las hazañas, los entornos; pero, sobre todo, la vida humana y los acontecimientos que sean de su interés, como señala Claude Bremond en el artículo "La lógica de los posibles narrativos"14. Sólo así el relato tiene sentido, porque "donde no hay implicación de interés humano (donde los acontecimientos narrados no son producidos ni padecidos por agentes antropomórficos) no puede haber relato, ya que es sólo en relación con un proyecto humano que los acontecimientos adquieren un sentido y se organiza una serie temporal estructurada"15.

En el relato literario está presente el ser humano en toda su indefensión, en su máxima debilidad. Representado en él, tanto como el paisaje y el acontecer, el hombre se eterniza en la narración, sólo que esa perdurabilidad no se identifica con la que reporta el mito. Implica, claro, conjurar el olvido, pero no integrarse con los ancestros ni participar del tiempo del origen: el hombre que hace relatos podrá intervenir en las cronologías, aparecer en la historia de la literatura, pero nunca será uno de los Grandes Formadores, los Creadores, los Poderosos del Cielo. Memoria suya tendremos, claro está. No obstante, su recuerdo no reposará en el verbo originario.

 

 

PUNTOS DE ENCUENTRO

 

Ya se ven las confluencias entre la oralidad y la escritura, la tradición oral y la literatura. En ambas, el relato es el único modo posible de representación narrativa, como apunta Gerard Genette en su trabajo "Fronteras del relato". Por medio del relato, ambos modos del hablar ponen al hombre en relación con la eternidad o, al menos, en situación de ser memoria. No obstante, el relato de la oralidad, a través del cual se expresan el mito, las leyendas y los cuentos populares, ofrece una participación en el comienzo del mundo, una integración total del hombre con la naturaleza y la sobrenaturaleza, que esboza, pero no completa, el relato literario, porque muy a pesar suyo sigue siendo histórico. El relato mítico, en cambio, está separado del tiempo cronológico, pues se encuentra inscrito en el tiempo absoluto: presente, pasado y futuro, valga recordarlo, son una unidad temporal indivisible y, por lo tanto, ahistórica.

El otro punto de encuentro entre ambos modos del conocimiento y del hablar es la condición esencialmente sonora de la palabra18. Escrita o no, la palabra precisa del sonido, su ambiente natural. Así leamos en silencio, las letras nos comunican, además de un sentido, una voz, un tono, una modulación; sólo que en la oralidad no necesitamos hacerlo: al escuchar un relato, estamos ante el lenguaje en su pureza, desplazándose por el aire hasta que lo perdemos de oído. En este caso, podemos determinar acentos y tonalidades, dialectos, inclusive regionalismos; en el otro, debemos imaginarios.

 


EL MITO

 

¿Fantasía colectiva, o mensaje que expresa el más profundo sentido común? ¿La única manera de acceder a las verdades esenciales del ser humano, o testimonio de una etapa infantil del pensamiento? ¿Una forma práctica de alzarse ante la muerte, o cuentos de abuelas?

Las diversas maneras de entender el mito responden a dos grandes procesos: uno de negación, que viene desde la Grecia clásica y fue particularmente activo durante la Ilustración, y otro de aceptación, que comenzó durante el Romanticismo, cuando los pueblos volvieron a sus tradiciones orales para afirmar una identidad propia. Esta actitud de escucha se intensificó en el siglo XIX con el nacimiento de la antropología cultural, que puso a los investigadores en contacto directo con sociedades y culturas de todo el mundo.

Negación cuando mythos, palabra por excelencia en una Grecia de bardos y poetas como Homero y Hesíodo, fue rechazada en una Grecia de filósofos; cuando el cristianismo exorcizó de la naturaleza los enjambres de deidades paganas que la poseían; cuando el pensamiento racionalista del Siglo de las Luces encontró que el mito no encajaba en sus coordenadas mentales: la filosofía y la ciencia eran las formas supremas del pensamiento, y las demás se consideraban falsas. El reencuentro con el mito llegó justamente cuando pensadores románticos como Schelling, Creuzery Bachofen afirmaron que la filosofía y la ciencia no eran formas de pensamiento más evolucionadas, sino distintas.

¿Cuál es, entonces, la realidad del mito? En el presente capítulo intentaremos dar respuesta a esa pregunta. Para ello examinaremos, en primer lugar, los conceptos de diversos autores que han estudiado los mitos a partir del siglo XIX y hasta la fecha.
El inglés Edward Burnett Tylor (1832-1917), uno de los padres de la antropología, señala que tras los mitos hay "algo" que supera el hecho de creer o no y que es fuente amplia de un significado descifrable a la luz de su propio tiempo de origen, a la vez que genera una tarea de reconstrucción: la suya propia. El origen, dice el antropólogo polaco Bronislaw Malinowski (1884-1942), se remonta al pasado primigenio que desde entonces "influye en el mundo y en el destino de los hombres"; por tanto, el mito no se refiere únicamente a "la narración que se cuenta, sino también a una realidad que se vive" 1. Según el filósofo alemán Ernst Cassirer (1874-1945)2, el mito no se construye como representación, sino como acontecimiento real en la conciencia del hombre. Tylor afirma que "así como 'la verdad es más extraña que la -Acción', el mito puede ser más coherente que la historia".

Al mito le es propia, dice Cassirer, una forma particular de realidad que exige la aprehensión del significado y no únicamente de lo representado: "Lo que nosotros llamamos naturaleza... es un poema que yace oculto tras una maravillosa escritura secreta: si pudiéramos descifrar el enigma, reconoceríamos en él la odisea del espíritu, el cual, alucinado, buscándose a sí mismo, huye de sí mismo"4. Aquella escritura secreta consiste, probablemente, en los vínculos de tipo místico que, según el etnólogo francés Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939)5, establecen los individuos con el mundo a causa de la mentalidad mítica; es decir, explicaciones de los fenómenos naturales que no provienen de relaciones causales, sino de la voluntad inmediata de "potencias místicas" (no porque se equivoque el camino, sino porque los intereses y representaciones son distintos de los del racionalismo de la modernidad).

 

 

¿QUÉ ES EL MITO?

 

Es la concreción en la memoria colectiva de recuerdos que los grupos humanos elaboran, espontánea y desapercibida mente, para expresar la intuición de que el sufrimiento y la muerte no son irremediables; para comprender el mundo, dar un sentido a su existencia en él y tener una guía de conducta. Esa materialización utiliza, como recurso expresivo, la experiencia del ser en el mundo, asimilada y representada simbólicamente, de manera que los ideales intuidos se manifiestan en las cosas más familiares e inmediatas, como una casa, un árbol o una piedra.

El mito es, pues, una apuesta de sentido que la colectividad se juega; un mensaje -que los grupos humanos se dan a sí mismos- de liberación plena respecto de todos los límites que la existencia impone; un elemento que moviliza la esperanza, impregna de sentido la existencia y ubica pragmáticamente al ser humano para sugerirle cómo comportarse.

 

 

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